jueves, 23 de agosto de 2012

Crónicas del Velociraptor

Por Ernesto Pappafriti (Investigador-Científico CONICET)














Puede parecer que mi pinta es rara
Pero elijo lo mejor de la ropa usada (cuadrillé)
Aunque me corte el pelo con la podadora 
A las chicas les encanta que no esté a la moda 

El sábado suele ser EL día del fin de semana: una salida nocturna suele ser necesaria para matar la retroalimentación de la pachorra dominguera. Pero por lo general mis findes suelen diluirse en partidos eternos del Winning Eleven, aunque cabía la posibilidad de otros planes. Y esos planes tenían nombre y apellido.

En realidad quizás no hubo plan, porque surgió todo de manera casual y fortuita: Fui invitado a la fiesta de una revista a la cual nunca leí, pero de la cual me había granjeado la simpatía de sus editores ¿Cómo? A partir de mi talento cultivado para buscar fotografías bizarras en Internet y postearlas en su página de Facebook, lo que propició un primer contacto (virtual) con sus dueños.

Hacía frío. Llovía. Tenía sueño. “Pero el trabajo es el trabajo”, me dije, mientras pensaba diez argumentos para  justificar por qué el laburante que se rompe el lomo en una fábrica me tiene que pagar mi sueldo de investigador y la cerveza de fin de semana.

Fool in the rain

Llegar no fue relativamente fácil. Luego de una extraña combinación de bondis donde terminé perdiéndome en las puertas de un barrio de escasos recursos, pude llegar cerca de la casa donde se hacía la fiesta. No recuerdo la calle, pero nunca me voy a olvidar que la altura era 5432.

Llegué. Estaba ahí. Ya era un logro. Llegué. Ya dije ese verbo anteriormente. Toqué timbre. No salió nadie. Esperé. Putée. Toqué otra vez. Maldije mi existencia mientras la llovizna se me colaba por la ropa tan descaradamente como las viejas en la fila del RapiPago.

“Por ahí me equivoqué de número”, pensé,  y como no tenía a quién llamar para corroborar el dato salí caminando buscando otra dirección. Caminé una cuadra y toqué timbre en una casa que tenía los mismos números pero en otro orden. Era la 5342. Toqué una vez. No salió nadie. Toqué otra vez. Me atendió una vieja que amenazó con llamar a la policía porque está “cansada de los pendejos que se entretienen tocando el timbre a medianoche” (sic).
Gente así esperaba encontrarme. Gentel del palo

Volví otra vez al punto de partida: Toqué timbre nuevamente al domicilio 5432. No atendió nadie. Toqué otra vez. Una voz distorsionada se oyó. No entendí una goma. Cortó.  Al minuto se abrió la puerta y una joven me abrió la puerta, preguntando si venía a la “fiesta del Velociraptor”.



_ Hola, soy Claudia, la editora de la revista!  Creo que hablamos por Facebook, no?
_ Sí, soy Ernes, el que escribe boludeces en tu muro de Facebook
_ ….
_ Soy el que tiene la foto de Alf con el tocado de la Madre Teresa de Calcuta como foto de perfil
_ Ah sí! Pasá, bienvenido!

Estaba adentro. Ladies and gentleman, welcome to the...

... Jurassic Bar

"Talk nerdy to me"
Claudia me acompañó y me hizo entrar al espacio físico donde se desarrollaba la fiesta raptor. Un quincho techado al fondo de una casa. Básicamente el lugar se componía de  30 personas desperdigadas en grupos, rodeando una mesa larga donde había bebidas varias y dos fuentes de ese-pescado-crudo-top-que-la-burguesía-llama-sushi.  Me preparé un fernet.

Luego de que Claudia se fuera con su grupo de amigos, quedé nuevamente solo, rodeado de gente con camisas cuadrillé, anteojos intelectuales de marco grueso, gorros y barbas desprolijas. Los tres primeros elementos decorativos corrían para ambos sexos; la barba solo la portaban los hombres.

También podés ser top aún siendo lampiño
Como no conocía a nadie y había llegado solo, me sentía más desubicado que un afrodescendiente en un mitín delKu Klux Klan. Intenté integrarme a un grupo de cinco jóvenes que discutían sobre las proyecciones geopolíticas del nuevo cine iraní, pero mi comentario positivo sobre la actuación de Francella en “Papá se volvió loco” me dejó prácticamente fuera del target de gente-con-quien-hablar. Nothing to do here. Sin más, me preparé un segundo fernet.

Me dispuse a rondar cual velociraptor entre los grupos de personas de cuadrillé y anteojos, hasta que alguien mencionó mi parecido con Harry Potter y me sentí sumamente halagado. Me sumé a la conversación, animado por mi inclusión, hasta que entendí que mi parecido (físico) era con Ron Weasley, el  compañero de Harry que solo está ahí como nefasto contraste con el héroe de la saga.  Me preparé otro fernet. Pero esta vez, no era Branca sino Capri.

Dance (and dense denso)

No olvidaba que estaba ahí como investigador, así que me propuse a anotar todo lo que veía en mi libreta. Pero la lapicera se me fue a la mierda cuando alguien me empujó sin querer y arengó a la gente al grito de  “Che, pónganse algo para bailar que me aburro!”.

Alguien tomó el guante blanco de la apuesta, se lo calzó e intentó hacer el moonwalk de Michael Jackson, el cual terminó de forma escandalosa cuando el pibe se enredó con los cordones (cuidadosamente desprolijos y desatados, vale decir) de sus Adidas y se la pegó de frente contra la heladera. Los gritos que arengaban pasaron del “Vamos Cleto!!!!” al “Uhhhhh” en un abrir y cerrar de ojos. Aproveché y me serví un vaso de birra.

Cleto, un hombre de principios
Mientras algunos hipster intentaban levantar al pobre Cleto y llevarlo al baño, un valiente había tomado el asiento de DJ y se puso a los comandos de la notebook. Me acerqué, curioso, al flamante DJ y me puse a ver el setlist. Si bien es cierto que tengo menos cultura musical que un árbol de mandarinas, los nombres de los artistas que figuraban en la cola de reproducción del Windows Media claramente no entraban ni por puta en la bailanta Rescate Bailable.

Comenzaba la sesión de baile. La música salía por los parlantes pero, a diferencia de mis congéneres, yo no podía reconocer ni una melodía.  Parecía como un ritmo folklórico de Europa del Este, sacado de vaya a saber Dios que país diminuto y sin razón de existir más que la de ser un ex satélite de la Unión Soviética.
La monada estaba frenética y coreaba como en un partido de Sanloré. Todos bailaban, en rondas, sacudiéndose como Pinochos electrocutados a 220 voltios. Intenté seguir el ritmo y, para sorpresa de muchos, fui vitoreado por mi danza.

De la masa a la tribu (y sin escalas)

Durísimo
Ya era (casi) parte de la tribu Velociraptor. Tan solo faltaba el ritual de pasaje y la comunión con mis nativos anti-mainstream estaba consumada.

Dicho ritual no tardó en hacerse visible. Uno de los presentes se me acercó y me ofreció:

_ Querés probar Jagermaister?
_ No, gracias, no tengo hambre
_ No, es una bebida de hierbas maceradas que tiene 40 grados de alcohol
_ Eso, en mi país, se le conoce como Fernet

Ya el alcohol estaba afectando mi capacidad de interpretación, así que me dediqué a cerrar la boca y a aceptar el extraño ofrecimiento. El joven sacó una botella verde con inscripciones en lo que parecía ser alemán o un idioma salido del mismísimo infierno, a juzgar por la longitud de sus palabras. Había por allí un vasito culón, que mi sumo sacerdote se apresuró en agarrar mientras las hordas enardecidas hacían fila para tomar de la botella, ya que el alcohol se estaba acabando. Miré el vaso. Suspiré. Lo levanté. Empiné el codo. Tragué. HORRIBLE. Era como un jarabe Bisolvon mezclado con alcohol de quemar y con olor a perro mojado. Me envalentoné, y como tantas boludeces que uno suele hacer/decir cuando está en aparente ebriedad, pedí un segundo round de esa cosa alemana. Y el segundo llevo al tercero
.
Fue un knock out técnico al hígado. A partir de aquí tengo recuerdos confusos, donde la persona vestida de Barney el dinosaurio se lleva las palmas por su coreografía de las canciones de Panam, sin mencionar la agrupación de bohemios que tocaba el acordeón y cantaban canciones en inglés (creo).

No recuerdo cómo fue exactamente la secuencia, pero luego después de dejar dinero para comprar más alcohol y salir hacia la puerta para “ayudar a traer la bebida del delivery” (?), terminé en la vereda y saludando a alguien que cerraba la puerta.
Bueno, ejem...

Hacía frío. Llovía. Tenía sueño. Estaba para el descarte. “Pero el trabajo es el trabajo”, me dije, mientras pensaba otros diez argumentos para  justificar por qué el laburante que se rompe el lomo en una fábrica me tiene que pagar mi sueldo de investigador y la cerveza (o el Jagermaister) de fin de semana.