La adicción
Repasemos: Thomas de Quincey comienza a consumir láudano hacia 1804 debido a un fuerte dolor de cabeza; lo consume espaciadamente, sin volverse adicto, pero hacia 1813 se da el primer punto de inflexión:
“(En 1813) empecé a padecer de una muy molesta irritación del estómago, enteramente semejante a la que tanto me hiciera sufrir en mi juventud, acompañada por una reanudación de los antiguos sueños” (2006:104)
Esto lo llevó a un consumo diario, y con el tiempo, más intensivo:
”Cuando comencé a tomar opio todos los días no podía hacer otra cosa (…). Puedes darte cuenta de que ningún caballero de ‘barba blanca como la nieve’ tendrá la más remota posibilidad de convencerme de que renuncie al ‘pequeño receptáculo de la droga’ ” (2006:105-107)
Ahondemos en la cuestión del potencial de dependencia que ocasiona el consumo diario de opio en una persona, y los horrores que provoca el síndrome de abstinencia por falta de la droga:
“Hice innumerables intentos por reducir la cantidad (…); fueron quienes presenciaban la agonía de dichos intentos, y no yo mismo, los primeros en rogarme que cediese. Pero ¿acaso no podía ir disminuyendo una gota diaria, o bien agregar agua y luego dividir una gota en dos o tres partes? Dividir mil gotas me hubiese llevado casi seis años: no hay duda de que tal método era insuficiente. (…) Es posible reducir la cantidad con facilidad y aún con placer sólo hasta cierto punto, pasado el cual toda nueva reducción es causa de sufrimientos intensivos. (…) El malestar consiste en un estado de indecible irritación estomacal acompañado por una transpiración muy fuerte.” (2006:123-124)
Y si bien De Quincey cuando consumía opio espaciadamente discute con aquellos que dicen que la droga genera un estado de aletargamiento, una vez que queda preso del ‘imperio del opio’, reconoce:
“De no ser por la angustia y el sufrimiento cabría afirmar sin faltar a la verdad que entonces existía en un estado de total inactividad y como dormido.” (2006:130)
Los sueños y las alucinaciones
Enumera cuatro efectos psicológicos productos de la adicción, que le generaron un tormento constante:
1. Todo lo que invocaba y dibujaba en la oscuridad mediante un acto de voluntad se transfería a los sueños.
2. Una profunda ansiedad y una amarga melancolía. Cada noche sentía que bajaba a grietas tenebrosas, abismos en los abismos, sin ninguna esperanza de reascender.
3. El sentido del tiempo y el espacio quedaron gravemente afectados. El espacio se hinchaba y expandía hasta un grado indecible de infinitud. A veces tenía la impresión de haber vivido 70 o 100 años en una noche.
4. Volvían en él los incidentes de la infancia o escenas olvidadas de otros años.
No vamos a analizar aquí en profundidad los sueños de De Quincey, pero es necesario recordar que le producían terror, angustia y hasta depresiones cuasi-suicidas.
En 1820 hay un nuevo punto de inflexión en su biografía: decide luchar definitivamente contra su adicción. Esta es una lucha ardua y agobiante, que le lleva muchos meses y varias recaídas.
“Comprendí que moriría si seguía usando opio: por consiguiente, decidí que, en caso de ser necesario, moriría tratando de liberarme de él. Para comenzar traté de bajar a cincuenta, a treinta y, lo antes posible, a doce granos; ya habían pasado cuatro meses y aún seguía agitado, adolorido, tembloroso, palpitante, deshecho” (2006:153)
“La moraleja de la narración va dirigida al comedor de opio (…). Después de usar opio durante diecisiete años, y abusar de sus poderes durante ocho, todavía es posible renunciar a él (…). Mientras duró el período en que reduje la cantidad de opio sufrí los tormentos de un hombre que pasa de una forma de existencia a otra. El resultado no fue la muerte, sino una especie de regeneración física” (2006:154-155)
En el próximo post analizaremos estos fragmentos y trataremos de elaborar una conclusión sobre “Confesiones de un opiómano inglés”.






