(He aquí que siguiendo chusmeando encontré un trabajo titulado …”Y yo en la tuya! El insulto y el genio de la lengua” de JOSE ANTONIO MILLAN, un lingüista español. Es re-interesante todo lo que el chabón dice y me parece lo más completo que encontré hasta ahora, así que como hicimos antes vamos a exponer un resumen de dicho trabajo; acá va la primer parte)
En el Libro VIII de Martín Fierro, un gaucho que busca pelea le dice al protagonista, mientras le tiende un frasco de bebida:
–Beba, cuñao
–Por su hermana –contesté–
que por la mía no hay cuidao
Pocos minutos después, cuenta Martín Fierro:
lo dejé mostrando el sebo
de un revés con el facón
Aunque insultar, según el Diccionario académico, es "Ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones", el insulto por antonomasia es el verbal. Insultar es un acto de habla, es decir, según la caracterización de Austin el insulto es una de esas palabras que hacen cosas, como la promesa, la orden, la maldición… ¿Y qué es lo que hace? Como hemos visto, molestar en gran manera al receptor.
El insulto arquetípico es la asignación por parte del hablante de una calificación negativa al oyente. Una lingüística del insulto debería considerar qué sentidos son los más susceptibles de constituirlo: diagnósticos psiquiátricos ("imbécil, idiota"), atribución de determinados comportamientos sexuales ("maricón, puta") o sociales ("ladrón") que al emisor no le gustan.
De todas formas, no cualquier comportamiento sexual socialmente marcado como desviado, ni social considerado reprobable es materia de insulto. No hay insultos (que yo sepa) relacionados con la pederastia o la zoofilia, por más que sean comportamientos reprobados. Por otra parte, para insultar se utilizan la mayor parte de las veces palabras especializadas; sustituir la palabra especializada por un sinónimo culto normalmente hace perder a la expresión su carácter de insulto: "¡Persona de poco IQ!" no constituye un "insulto".
Un tipo diferente de insulto es aquel en el que se lanza un contenido cierto. A veces, basta la situación y un cierto tono para que una palabra normal se transforme en insulto, como el "¡Taxista!" propinado a uno de ellos en medio del tráfico madrileño. Otras veces lo que se arroja es la versión despectiva o reforzada negativamente de un calificativo: "Tía loro" (a una mujer fea), "Negro de mierda"… Es la forma típica que adopta el insulto racista o sexista, y fijémonos en que sigue el esquema arquetípico de atribuir comportamientos considerados reprobables, con dos diferencias: que lo que aquí se reprueba no es una práctica, sino la pertenencia a un grupo social o sexual, y que la atribución puede ser cierta (aunque se haga en forma ofensiva).
También constituye insulto la sugerencia de que el receptor de la expresión realice (o se realicen sobre él) determinadas acciones. Éstas pueden entrañar para el insultado los sentidos negativos que hemos visto ("vete a tomar por culo, vete a la mierda") o no ("que te zurzan…"). Este tercer tipo de insulto sitúa, podríamos decir que mágicamente, al receptor realizando acciones que le colocan en un campo reprobable (convirtiéndole en un sodomita, en un cerdo, etc).






