sábado, 22 de septiembre de 2007

Los sujetos, la época y el opio: Lewis Carroll

Hoy vamos a tratar al último escritor en nuestro análisis. Luego, en las semanas siguientes, trataremos de sacar conclusiones y tratar de ver los paralelos, conexiones y diferencias entre los sujetos investigados. Hoy es el turno de Lewis Carroll.

Lewis Carroll es el seudónimo por el que es conocido en la historia de la literatura Charles Lutwidge Dodgson (Daresbury, Cheshire, 27 de enero de 1832 - Guildford, Surrey, 14 de enero de 1898), sacerdote anglicano, lógico, matemático, fotógrafo y escritor británico, conocido sobre todo por su obra Alicia en el país de las maravillas.
(…) El joven Charles inició su educación en su propia casa. Las listas de sus lecturas conservadas por la familia, atestiguan su precocidad intelectual: a los siete años leyó The Pilgrim’s Progress de John Bunyan. Se ha dicho que sufrió un trauma infantil cuando se le obligó a contrarrestar su tendencia natural a ser zurdo; no hay, sin embargo, ninguna evidencia de que haya sido así. Sí sufríó de otra discapacidad: un tartamudeo que tendría efectos perjudiciales en sus relaciones sociales durante toda su vida. También padeció sordera en el oído derecho a consecuencia de una enfermedad.
(…) El 4 de julio de 1862, Dodgson inventó el argumento de la historia que más tarde llegaría a ser su primer y más grande éxito comercial. Él y su amigo, el reverendo Robinson Duckworth, llevaron a las tres niñas de un conocido (Lorina, de trece años, Alice, de diez, y Edith, de ocho) a pasear en barca por el Támesis. Según los relatos del propio Dodgson, de Alice Liddell y de Duckworth, el autor improvisó la narración, que entusiasmó a las niñas, especialmente a Alice.

Después de la excursión, Alice le pidió que escribiese la historia. Dodgson pasó una noche componiendo el manuscrito, y se lo regaló a Alice Liddell en las Navidades siguientes. El manuscrito se titulaba Las aventuras de Alicia bajo tierra (Alice's Adventures Under Ground), y estaba ilustrado con dibujos del propio autor. Se especula que la heroína de la obra está basada en Alice Liddell, pero Dodgson negó que el personaje estuviera basado en persona real alguna.

Tres años más tarde, Dodgson, movido por el gran interés que el manuscrito había despertado entre todos sus lectores, llevó el libro, convenientemente revisado, al editor Macmillan, a quien le gustó de inmediato. Tras barajar los títulos de Alicia entre las hadas y La hora dorada de Alicia, la obra se publicó finalmente en 1865 como Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Alice's Adventures in Wonderland), y firmada por Lewis Carroll. Las ilustraciones de esta primera edición fueron obra de Sir John Tenniel.
El multitudinario éxito del libro llevó a su autor a escribir y publicar una segunda parte, Alicia a través del Espejo (Through the Looking-Glass and what Alice Found There). (…)
Controversias e incógnitas: Consumo de estupefacientes
Ha habido multitud de especulaciones sobre la posibilidad de que Dodgson hiciera uso de drogas psicoactivas, aunque no existe prueba alguna que respalde esta teoría. No obstante, la mayoría de los historiadores consideran probable que el autor utilizase de vez en cuando láudano, un analgésico de consumo bastante común en la época, y que le ayudaría con el dolor de su artritis. Hay que señalar que esta sustancia procede del opio, y puede producir efectos psicotrópicos si es utilizado en dosis lo suficientemente grandes. Pese a ello, no existe evidencia alguna que pueda llevar a pensar que Dodgson abusara de los narcóticos, ni de que éstos tuvieran influencia alguna en su trabajo. Por otro lado, algunos han creído ver en las alucinaciones que sufre su personaje, Alicia, una referencia a las sustancias psicodélicas.
El personaje de la Oruga

Este cuento nos proporciona un repertorio de imágenes y personajes deslumbrantes y absurdos: El gato Cheshire, el Sombrerero Loco, el Conejo, La Reina de Corazones o la Oruga.

Particularmente, el personaje de la Oruga se nos presenta con aires orientales (que son maximizados y reforzados en la versión cinematográfica de Disney), fumando opio en un narguile, una pipa de agua utilizada ampliamente en el Cercano Oriente.

Aquí mostramos distintas representaciones del personaje:

Arriba: Ilustración original de Tannel, bajo la supervisión de Lewis Carroll


Arriba: Versión cinematográfica poco conocida

Arriba: Versión de Walt Disney de 1951

Cerramos con un fragmento de un análisis efectuado por Ramon Buckey:
“Si el Conejo tenía siempre prisa, la Oruga se pasa la vida sentada en un hongo gigante fumando su misteriosa pipa. Es ocioso discutir si la Oruga representa o no al fumador de opio, droga frecuente (e incluso tolerada) en la sociedad victoriana inglesa. Representa en cualquier caso, al adulto que «pasa» del mundanal ruido piensa que ya no queda nada por hacer. La "curiosidad" de Alicia, tan alejada de las prisas del Conejo como del ocio de la Oruga, la mantiene eternamente ocupada... ¡y eternamente desocupada a la vez! “

viernes, 7 de septiembre de 2007

Las Flores del Mal (III)

El opio no sabe escribir; una vez que el sujeto se entrega a los brazos del “ídolo negro” éste se aisla del mundo exterior refugiándose en los límites de su mente, en una imagen de eterna autocontemplación. La adicción representa a un sujeto desconectado totalmente de la realidad. Si el autor es un adicto, la voz que le llega al lector no es la de la persona, sino la voz corruptora de la droga.
“¿Será entonces posible la admisión del autor-adicto al canon literario? Es socialmente aceptable que el autor sea un alcohólico ya que el alcohol no tiene el estigma social de las drogas (…). Mas la adicción es un acto anti-social donde el individuo se separa del resto del cuerpo político. Representa un exceso que se sale fuera de los límites morales establecidos por el discurso hegemónico. El régimen social se preguntará qué nos podrá iluminar un sujeto que ha perdido su fuerza de voluntad y su integridad física, psicológica y ética ante el poder de la droga.”
Este tema de la adicción atentando contra la creación literaria podemos verla en el poema en prosa “La cámara doble” de Charles Baudelaire:

¡Horror!, ¡yo me acuerdo!, ¡yo me acuerdo! (…) Mirad los muebles vulgares, empolvados, rotos; las tristes ventanas en que la lluvia abrió surcos en el polvo; los manuscritos raspados o incompletos… En este mundo tan estrecho, pero tan lleno de asco, un sólo objeto conocido me sonríe; la redoma de láudano, una vieja y terrible amiga y, como todas las amigas, ¡ay!, fecunda en caricias y traiciones [...]. (Prosa 255)
Aquí podemos ver que el sujeto vuelve del “paraíso” que le brinda el láudano y da cuenta de todo el desgaste, suciedad y desaliñamiento que lo rodea, tras un largo tiempo de auto-abandono. Entonces Baudelaire se pregunta, ¿de qué le sirve al poeta la percepción de lo eterno mediante el poder de la droga, si lo que le queda tras el viaje son sólo "manuscritos raspados o incompletos"?
“El peligro de la droga básicamente reside en su capacidad misma de generar ficciones. La droga disloca el eje temporal y espacial del sujeto en un acto de simulación, dejando entrar así nuevos espacios y tiempos que suplantan categorías de lo ‘real’.”
“El viaje al interior puede alcanzar un estado patológico donde el sujeto, obsesionado con su propia psique, pierde totalmente conexión con una referencia exterior y se envuelve en sí mismo en un acto de narcisismo.”


Trayendo a colación las preguntas referidas a la relación entre el artista, la droga y los receptores, y también considerando un comentario que dejó Magoo anteriormente, aquí haremos una breve referencia a la actualidad.

Tomemos el caso de Layne Staley, vocalista de la banda grunge Alice In Chains durante los ‘90; fue adicto a la heroína (un derivado del opio) durante gran parte de su vida (alrededor de 12 años), y falleció de sobredosis en el año 2002. A continuación dejamos algunos fragmentos de una entrevista concedida a la revista Rolling Stone:
"Cuando me metí en el mundo de las drogas, todo era estupendo, y me sirvieron durante años, pero ahora se han vuelto contra mí, y estoy atravesando un infierno. Yo no quería que mis fans pensaran que la heroína es guai. Pero he tenido fans que han venido a mí contándome lo colocados que estaban. Eso es exactamente lo que yo no quería que pasase".
Acá encontramos algo que me parece extrañamente similar a lo que sucedía en el siglo XIX acerca de la ‘literatura narcótica’, que suponía (o así lo temían sus críticas) que el lector iniciase un ‘rito de iniciación’, para captar en profundidad aquello a lo que el autor hace referencia.
Layne Staley escribió varias canciones refiriendose a la heroína y la espiral de la adicción, tales como “Man in the box”, “Junkhead” o “Angry chair”; aquel “viaje interior” a la psiquis del sujeto (en este caso, el cantante) puede ser reinterpretado y resignificado por el receptor, quizás ocasionando que desee experimentar aquellas mismas sensaciones. Pero tengamos cuidado con esto: no soy partidario de una explicación simplista del tipo ‘un cantante que habla sobre drogas ocasionará que los jóvenes consuman drogas’. Como dije anteriormente, creo que son muchos factores los que pueden entrar en juego. La adicción (y más precisamente, el autor-adicto) se inscribe en los márgenes de la cultura hegemónica, pero ese mismo sistema que condena las drogas y su consumo es el mismo que genera, produce y reproduce la existencia de estas sustancias, cuyo campo se encuentra inscripto en complejas relaciones de poder que incluyen a diversos sectores de las clases dominantes.
"La gente tiene derecho a hacer preguntas e indagar cuando estás hiriendo a la gente que te rodea...pero cuando llevo años sin hablar con nadie, y cada uno de los artículos (sobre mí) que leo son: drogas por aquí, yonki por allá, whiskey esto...esos no son mis logros; mi fuerza y mi talento son mis logros".
La adicción de un autor es un tema que apasiona, intriga y llama la atención de los medios. Y este mismo autor puede jugar con eso y construirse (o mejor dicho, le pueden construir) determinada imagen. Recordemos que algo similar sucedía con Wilkie Collins, que resaltaba el papel del consumo de láudano en la producción de su obra “La piedra lunar”, pero según investigaciones recientes no había evidencias de ello. Nuevamente volvemos a la pregunta de Juan Gelman:

¿Pretendía enaltecer su adicción al servicio del arte? Y ampliemos la pregunta: ¿Quién lo pretendía: el mismo autor, los medios de comunicación, el contexto de la época?

domingo, 2 de septiembre de 2007

Las Flores del Mal (II)

Según Viera, “la droga constituye un lugar de producción que inicialmente aspira a permanecer fuera de los límites narratológicos de la cultura hegemónica. Sus inauguradores en el canon europeo, Thomas De Quincey y Charles Baudelaire, fundamentan su constitución dentro de la lógica de la "confesión" (o en términos actuales: el testimonio) y la lírica (…)”.
Los actos fundacionales de la ‘literatura narcótica’ están representados por Confesiones de un opiómano inglés (1821-22) de Thomas De Quincey y Los paraísos artificiales (1860) de Charles Baudelaire. Y aún más: “… estos textos fueron rotundos éxitos de venta que llegaron a definir la concepción popular de la experiencia narcótica, e hicieron —o, muchos críticos así lo temieron— que sus lectores experimentaran con el opio y el hashish.
De esta manera se habla del “rito de iniciación del lector”: éste lee el ‘texto narcótico’ y busca o trata de experimentar aquello que estaba leyendo, iniciándose en el consumo de opio. “La reelaboración de los códigos artísticos en el siglo diecinueve europeo encuentra su gesto fundacional en la doctrina poética de las "correspondencias" de Baudelaire. Esta imagen de la infusión de sensaciones corporales al orden de las palabras corresponde al proceso sinestésico de la poesía, el cual tiene filiaciones a la experiencia narcótica. Dicho proceso se convirtió en un rito de iniciación para los poetas europeos de mediados del siglo XIX, según indica Alethea Hayter en Opium and the Romantic Imagination
“Gracias a la droga el artista ya no es un genio, un ser marcado por un don divino, sino un estrato más en la escala social que utiliza la tecnología para modificar el terreno somático del sujeto en la producción de su arte. (…) La experiencia narcótica afecta los sentidos corporales, y esta confusión sensorial se inscribe en la imaginación del poeta. Luego, el poeta traduce esta experiencia que reside en su memoria al espacio poético”

Considero que la cuestión del “rito de inicación del lector” debe ser posteriormente analizado, ya que realmente no creo que por haber leído un texto producido por un consumidor de opio, el receptor automáticamente repita la operación. Puede haber muchos otros factores en juego, como las construcciones que se hacen los individuos alrededor del escritor drogadicto o consumidor de drogas.

En este punto quiero detenerme y lanzar líneas hacia el presente. Hace un par de años en una reunión, escuché que una chica dijo: “Cuando un músico es drogadicto tiene un no se qué, parece más atractivo”. Y un compañero hace un par de meses tenía esta frase en el msn: “Si tu ídolo no es un drogadicto… entonces no existís”.
En la actualidad comúnmente se habla de la influencia de la música (rock, cumbia, rap, etcétera), que incita a los jóvenes a consumir alcohol y/o drogas. Pero que es lo que realmente está operando ahí realmente? ¿Cómo juegan las construcciones e idealizaciones que el oyente realiza sobre su ídolo? A su vez, ¿por qué un músico se construye una imagen donde en la gran mayoría de los casos la droga juega un rol importante?
¿Es posible trazar un paralelo entre los ‘escritores narcóticos’ y la música actual, en cuanto a la posible influencia sobre los lectores u oyentes y las construcciones que se entretejen?
Como preguntaba Juan Gelman: “¿Enaltecían su adicción pretendiéndola al servicio del arte?”