martes, 31 de julio de 2007

English Opium Eater (III)

La adicción
Repasemos: Thomas de Quincey comienza a consumir láudano hacia 1804 debido a un fuerte dolor de cabeza; lo consume espaciadamente, sin volverse adicto, pero hacia 1813 se da el primer punto de inflexión:
“(En 1813) empecé a padecer de una muy molesta irritación del estómago, enteramente semejante a la que tanto me hiciera sufrir en mi juventud, acompañada por una reanudación de los antiguos sueños” (2006:104)
Esto lo llevó a un consumo diario, y con el tiempo, más intensivo:

”Cuando comencé a tomar opio todos los días no podía hacer otra cosa (…). Puedes darte cuenta de que ningún caballero de ‘barba blanca como la nieve’ tendrá la más remota posibilidad de convencerme de que renuncie al ‘pequeño receptáculo de la droga’ ”
(2006:105-107)
Ahondemos en la cuestión del potencial de dependencia que ocasiona el consumo diario de opio en una persona, y los horrores que provoca el síndrome de abstinencia por falta de la droga:
“Hice innumerables intentos por reducir la cantidad (…); fueron quienes presenciaban la agonía de dichos intentos, y no yo mismo, los primeros en rogarme que cediese. Pero ¿acaso no podía ir disminuyendo una gota diaria, o bien agregar agua y luego dividir una gota en dos o tres partes? Dividir mil gotas me hubiese llevado casi seis años: no hay duda de que tal método era insuficiente. (…) Es posible reducir la cantidad con facilidad y aún con placer sólo hasta cierto punto, pasado el cual toda nueva reducción es causa de sufrimientos intensivos. (…) El malestar consiste en un estado de indecible irritación estomacal acompañado por una transpiración muy fuerte.” (2006:123-124)
Y si bien De Quincey cuando consumía opio espaciadamente discute con aquellos que dicen que la droga genera un estado de aletargamiento, una vez que queda preso del ‘imperio del opio’, reconoce:
“De no ser por la angustia y el sufrimiento cabría afirmar sin faltar a la verdad que entonces existía en un estado de total inactividad y como dormido.” (2006:130)
Los sueños y las alucinaciones
Enumera cuatro efectos psicológicos productos de la adicción, que le generaron un tormento constante:
1. Todo lo que invocaba y dibujaba en la oscuridad mediante un acto de voluntad se transfería a los sueños.
2. Una profunda ansiedad y una amarga melancolía. Cada noche sentía que bajaba a grietas tenebrosas, abismos en los abismos, sin ninguna esperanza de reascender.
3. El sentido del tiempo y el espacio quedaron gravemente afectados. El espacio se hinchaba y expandía hasta un grado indecible de infinitud. A veces tenía la impresión de haber vivido 70 o 100 años en una noche.

4. Volvían en él los incidentes de la infancia o escenas olvidadas de otros años.
No vamos a analizar aquí en profundidad los sueños de De Quincey, pero es necesario recordar que le producían terror, angustia y hasta depresiones cuasi-suicidas.
En 1820 hay un nuevo punto de inflexión en su biografía: decide luchar definitivamente contra su adicción. Esta es una lucha ardua y agobiante, que le lleva muchos meses y varias recaídas.
“Comprendí que moriría si seguía usando opio: por consiguiente, decidí que, en caso de ser necesario, moriría tratando de liberarme de él. Para comenzar traté de bajar a cincuenta, a treinta y, lo antes posible, a doce granos; ya habían pasado cuatro meses y aún seguía agitado, adolorido, tembloroso, palpitante, deshecho” (2006:153)
“La moraleja de la narración va dirigida al comedor de opio (…). Después de usar opio durante diecisiete años, y abusar de sus poderes durante ocho, todavía es posible renunciar a él (…). Mientras duró el período en que reduje la cantidad de opio sufrí los tormentos de un hombre que pasa de una forma de existencia a otra. El resultado no fue la muerte, sino una especie de regeneración física” (2006:154-155)
En el próximo post analizaremos estos fragmentos y trataremos de elaborar una conclusión sobre “Confesiones de un opiómano inglés”.

miércoles, 11 de julio de 2007

English Opium Eater (II)

Seguimos analizando “Confesiones de un opiómano inglés, de Thomas de Quincey:

La Iniciación en el consumo de opio
“A menudo me han preguntado cómo llegué a ser opiómano (…). Durante casi diez años he tomado opio de cuando en cuando por el placer exquisito que me procuraba, pero mientras lo tomé con tal propósito estuve lo suficientemente protegido contra cualquier daño material por la necesidad de interponer largos intervalos de abstinencia entre los distintos actos de gratificación a fin de renovar las sensaciones placenteras. Si comencé a consumir opio diariamente no fue con la intención de gozar de un placer, sino, por el contrario, de mitigar el dolor en su grado más intenso. Cuando tuve veintiocho años volvió a atacarme con gran vehemencia una muy dolorosa afección al estómago que se había manifestado por primera vez diez años antes. El origen de esta dolencia fue el hambre extremo que padecí siendo un niño. (De Quincey; 2006:18-19)
Comenzó a consumir opio durante el otoño de 1804 para aliviar unos agudísimos dolores reumáticos en la cabeza que lo dejaron sin descanso durante veinte días. “Creo que el vigésimo primer día, un domingo, salí a la calle … para huir de mis tormentos. Un conocido de la universidad, encontrado por azar, me recomendó el opio (…). Camino a casa … vi la tienda de un boticario. (…) Cuando le pedí tintura de opio, me la dio como podía haberlo hecho cualquier otra persona” (2006:77-78)
Lo tomé y, una hora más tarde, oh cielos! Que cambio tan repentino! Cómo se elevó desde las más hondas simas, el espíritu interior! (2006:78)
¿Qué hay con todo esto? Pues bien, vemos un recurrente que también se repite en las historias de vida de Coleridge y Collins: el inicio en el consumo de opio como una manera de paliar dolores (dolor de muelas, neuralgia facial, artritis, cefaleas, etcétera), NO como una búsqueda de nuevas experiencias; ¿Sucederá esto también en otros “famosos” opiómanos del siglo XIX? Lo veremos más adelante.
Dentro de este marco, es interesante plantear una discusión con … Según ellos, el consumo de droga como estimulante del sueño y más en concreto de pesadillas, de visiones terroríficas, está en perfecta sintonía con una tendencia que refleja en ambiente de una época fascinada por la exploración del inconsciente a través del sueño: Walpole habría escrito ‘El castillo de Otranto’ inspirándose en un sueño, al igual que hizo Mary Shelley en ‘Frankenstein’ o ‘El moderno Prometeo’; Coleridge, Hoffmann y Poe analizaron sus sueños [ ... ] será la publicación, en 1821 en el London Magazine, de ' Confesiones de un opiómano inglés’ [ ... ] lo que dará difusión a todas estas experiencias merced a la exposición de un itinerario paradigmático en el que todos podrán verse reflejados”.
Puede ser que el consumo de opio esté relacionado con la exploración del inconsciente; pero esto NO quiere decir que la causa de lo primero sea lo segundo. Si bien había un gran componente onírico en estos autores, no debemos caer en el facilismo de plantear una relación causal del tipo ‘A’ genera ‘B’ ya que quizás haya otras variables en juego que no estemos teniendo en cuenta, quizás las biografías de los opiómanos tengan ciertos puntos de contacto que pueden sorprendernos, quizás la cuestión sea mucho más compleja de lo que creemos.

Forma de consumo: el láudano
De Quincey no fumaba opio, sino que lo consumía en forma de tintura de opio, comúnmente llamado láudano. Se presentaba embotellado en forma líquida y se adquiría en boticas, especies de “farmacias” del siglo XIX:
La felicidad podía comprarse por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco, los éxtasis portátiles encerrarse con un corcho en una botella de medio litro, la paz del alma transportarse por galones en coches de correo. (2006:79)

Aquí mostramos imágenes de botellas o frascos donde se colocaba el líquido:

El láudano era un alcoholato preparado a base de plantas secas, y fue creado por el alquimista Paracelso (1493-1591), quien afirmó: "Poseo un remedio secreto al cual yo llamo 'laudanum' y que es superior a todos los demás heroicos remedios".
Pero yendo a lo concreto, el láudano que circulaba comúnmente por la Inglaterra del siglo XIX era el creado en 1660 por Thomas Sydenham, un médico inglés:

Este escribía en 1680: "De entre todos los remedios a que Dios Todopoderoso le ha complacido dar al hombre para aliviar los sufrimientos, no hay ninguno que sea tan universal y tan eficaz como el opio".
Ahora veamos que decía Thomas De Quincey:

Esta era la panacea para todos los males humanos (…).
(2006:78)
¿Esta es solo una casualidad? ¿Podría ser que los escritos de Sydenham, el “Hipócrates de Inglaterra” como se lo llama tuvieran una amplia difusión en la época, y efectivamente se considere al opio como la droga perfecta capaz de curar todos los males, dejando de lado los análisis de su nivel de toxicidad y potencial de adicción?

domingo, 8 de julio de 2007

English Opium Eater (I)

Como dijimos, hablar de Thomas De Quincey merece un análisis más pormenorizado. Aquí intentaremos realizar un abordaje antropológico a su obra “Confesiones de un opiómano inglés”, su relato autobiográfico publicado en 1821 en Inglaterra.


El libro se encuentra dividido de la siguiente manera:
PRIMERA PARTE
· Al lector
· Confesiones preliminares
SEGUNDA PARTE
· Los placeres del opio
· Los dolores del opio
1. Mayo de 1818
2. Junio de 1819
3. Un último ejemplo, de 1820
APENDICE
Aunque el consumo de opio es muy generalizado en el siglo XIX en Inglaterra, serán precisamente Coleridge y De Quincey quienes suscitarán la compleja relación entre arte y droga a la que se sumarán paulatinamente y a lo largo de todo el siglo numerosos intelectuales.
En “Confesiones de un opiómano inglés”, encontramos que De Quincey da cuenta del hábito extendido del consumo de opio entre “los distinguidos”:
“Lamento decirte, lector, que (los consumidores de opio) forman una clase en verdad muy numerosa. De esto me quedé convencido hace algunos años al calcular, en una pequeña clase de la sociedad inglesa (la clase de hombres distinguidos por su talento o por su situación eminente), el número de personas que sabía, directa o indirectamente, que eran comedores de opio (…).” (De Quincey; 2006:12)
A su vez, también podemos encontrar trazas de su admiración hacia Samuel Coleridge, famoso escritor-poeta inglés y opiómano que presentamos el mes pasado:
“No recuerdo ningún candidato conocido para tal honor a quien pueda llamarse categóricamente un pensador sutil, con excepción de Samuel Taylor Coleridge (…)” (2006:17)
Pero el autor va un paso más allá y realiza una mirada hacia la sociedad, que nos parece sumamente importante para entender el contexto socio-económico de la Inglaterra del siglo XIX (o por lo menos, la mitad de ese siglo) y su relación o asociación con el consumo de la droga. Esto es un aspecto sumamente importante y crucial, pero aquí solo lo mencionaremos de pasada, ya que lo analizaremos con más profundidad más adelante y con la bibliografía adecuada.
En efecto, Thomas De Quincey notaba:
“Hace algunos años, al pasar por Manchester, varios fabricantes de productos de algodón me comunicaron que sus obreros contraían rápidamente el hábito del opio, hasta el punto de que los sábados por la tarde los mostradores de las boticas se llenaban de píldoras de uno, dos o tres granos, en previsión de la demanda esperada para la noche. La causa inmediata de esa costumbre eran los bajos salarios, que entonces no permitían a los obreros concederse cerveza o licores: se podría pensar que al aumentar los salarios cesarían esas prácticas, pero no puedo creer que nadie que haya probado los divinos placeres del opio quiera descender luego a los groseros y mortales goces del alcohol.” (…) (2006:13-14)

miércoles, 4 de julio de 2007

Los sujetos, la época y el opio: Thomas de Quincey

Luego de un largo paréntesis debido a parciales de la facultad, hete aquí que volvemos. Hoy vamos a presentar a Thomas de Quincey, un autor CENTRAL para entender el consumo de opio en el siglo XIX: por un lado, causó polémica en la sociedad inglesa al instalar el tema de la adicción al opio de manera explícita con su libro “Confesiones de un Opiómano Inglés”, mantuvo relaciones de amistad y camaradería con Samuel Coleridge (como vimos, otro “célebre” consumidor) e influyó notablemente en autores posteriores.
Hoy presentamos su biografía, en las semanas posteriores nos pondremos a analizar en profundidad su vida, su obra y sus significados.


Thomas de Quincey (Manchester, 15 de agosto de 1785 - Edimburgo, 8 de diciembre de 1859) fue un periodista, crítico y escritor británico del Romanticismo.
Escribió su autobiografía en tres entregas, Confesiones de un inglés comedor de opio (Confessions of an English Opium-Eater, 1821), su continuación, Suspiria de profundis (1845) y Apuntes autobiográficos (1853). Hijo de un rico comerciante, recibió una educación esmeradísima con preceptores particulares y en los colegios de Bath y Winkfield, acabando sus estudios secundarios en Manchester. A los 17 años se escapó para ir a Gales y de allí a Londres; en la capital sobrevivió en un palacio vacío gracias a las preocupación que sintió por él una generosa y angelical prostituta, Ann, que cuando creció nunca pudo encontrar para agradecerle sus atenciones. Después se reconcilió con su familia y estudió en el Worcester College de Oxford. Allí se hizo adicto al opio en 1804 cuando estudiaba en el Worcester College; primero lo usó para remediar los dolores agudos de una neuralgia que padecía, después fue incrementando progresivamente la dosis. Tras abandonar Oxford sin graduarse, se hizo amigo íntimo de Coleridge, a quien conoció en Bath en 1807; en 1809 se estableció en el distrito de los lagos, en Grasmere, donde Coleridge le integró en el círculo literario de los llamados Poetas lakistas: Samuel Taylor Coleridge, William Wordsworth y Robert Southey. De Quincey editó la Westmorland Gazette y en 1817 se casó con Margaret Simpson, una hija de granjero con la que ya había tenido un hijo, y de la que tendría después otros siete. Habiendo agotado su fortuna privada, empezó a ganarse la vida como periodista y fue asignado como editor de un periódico local conservador, The Westmoreland Gazette.(…) En 1820 escribió su famosísimo libro de memorias, Confesiones de un comedor de opio inglés (1821), una apasionante descripción de su infancia y su propia batalla contra el demonio del opio.(…)
El estilo de Thomas de Quincey es originalísimo para la época; su fantasía subvertía sistemáticamente la lógica y el buen sentido burgués británico; buscó en la experimentación con las drogas un escape al aburrimiento de una inteligencia superdotada, pero después fue víctima de ellas y le costó dejar el hábito; sus experiencias al respecto se encuentran en Confessions of an English Opium-Eater, que apareció en London Magazine (1821). Poseyó, además de una gran cultura de fundamento grecolatino, una sensibilidad artística aguda y se mostró como un hábil crítico no sólo literario, sino de la sociedad inglesa en general. Su influjo sobre Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y la estética del Decadentismo en general fue inmenso.